El pasado 1 de octubre Marta, un amigo y yo viajamos a Adelaide, en el sur del país, con el fin de visitar Kangaroo Island. Se trata de la tercera isla mas grande de Australia, tras Tasmania y Melville Island con un área de 4.400 km2. Si buscamos símiles en la Península o alrededores hablaríamos de una isla siete veces mayor que Menorca aunque con tan sólo 4.000 habitantes, frente a los 90.000 que tiene la isla balear. Y os preguntaréis, ¿qué hay entonces? Pues básicamente una representación perfecta de las especies autóctonas del país pero en su hábitat natural, nada de jaulas. Se pueden observar canguros de diferentes clases, koalas, lagartos, focas, leones marinos, pingüinos y cientos de aves de colores diferentes. Así que a eso fuimos, a ver bichos como digo yo, pero de forma y vida salvaje. El primer día lo acabamos algo frustrados al no ver animal alguno. Sin embargo sí que vimos mas de una treintena que yacían muertos a un lado de la carretera. No es que huyeran de nosotros, aunque yo en su caso sí lo haría, es que muchos de ellos son estrictamente nocturnos, como ese colega que todos tenemos. Y pensamos...¿a qué nos vamos de la islita sin ver bicho alguno? Estábamos perdidos porque si los animalejos no se dejan ver aquí no hay nada mas que hacer. Contamos un supermercado, una gasolinera tipo kilómetro 357 de la carretera entre Wisconsin y Massachussets con la gasolina por las nubes, un par de bares donde la presencia era exclusivamente masculina y se acabó. Y, ¿qué hicimos nosotros? Pues lo que hacen todos los españoles cuando llegan a un sitio nuevo; buscar algún bar abierto y tomarse algo. Con una espumosa en la mano empezamos a valorar la posibilidad de no ver animales durante nuestra estancia aunque esta tesis acabaría por los suelos pocos minutos después. Fue al anochecer cuando por fin se produjo el primer encuentro, en concreto cuando una pareja de canguros nos saludó al llegar al porche de la casa que habíamos alquilado. Olé!
A la mañana siguiente nos quitaríamos el mal sabor de boca del día anterior. Empezamos visitando una numerosa colonia de focas neozelandesas en la punta sudoeste de la isla, y más tarde observamos unos cientos de leones marinos que dormían al sol en una playa preciosa. Los tíos habían elegido la mejor de toda la isla, y eso que en ella abundan bahías de ese tipo. Ésta era, sin duda, la que tenía el agua más cristalina y la arena más blanca. En esta playa de postal encontramos también el esqueleto majestuoso de una ballena jorobada, apenas a 50 metros del agua. Quizás pueda decir que se trata del lugar más salvaje y virgen en el que yo haya estado en toda mi vida. Era evidente que los extraños allí eramos nosotros, así que sólo te queda observar en silencio. Más tarde intentamos ver al ornitorrinco en su casa del lago pero no pudo ser. Ya nos avisaron que se trataba de uno de los animales más difíciles de ver del planeta pero nos vimos crecidos e intentamos la machada. Lo máximo que vimos fue una langosta de río y burbujitas cada cinco minutos. Se supone que eran del Platypus (=ornitorrinco en inglés. Esta es de quesito de Trivial)... pero no se dejó ver el tío. Una verdadera lástima! Ya de vuelta a casa fotografiamos múltiples koalas y canguros en una pequeña reserva natural dandos rienda suelta al carrete. He aquí una reflexión...Con las cámaras digitales de hoy en día te pones a tirar fotos como un paparazzi en cuanto ves algo interesante. Y, ¿qué pasa? Pues que ahora tengo mas fotos de koalas en mi ordenador que de toda mi infancia...
Tras pasar dos días en la vida salvaje era turno de visitar Adelaide y alguna de sus múltiples bodegas. En la región de McLaren Vale encontramos la mayor industria vinícola del país así que el tema estaba claro. A probar unos vinitos! Hicimos un par de catas y terminamos la etapa en un buen restaurante, cogiendo así el avión de vuelta con muy buen sabor de boca.
Un saludo amigos y hasta la próxima!




